viernes, 18 de mayo de 2007

Frederick Winslow Taylor

Para la preparación de la clase en la que se trataba la filosofía taylorista me serví de la siguiente documentación en la que aparece los aspecto más importante de la vida del economista.

Biografía

Frederick Winslow Taylor (20 de marzo de 1856 - 21 de marzo de 1915) Ingeniero Mecánico y economista estadounidense, promotor de la organización científica del trabajo. En 1878 efectúo sus primeras observaciones sobre la industria del trabajo en la industria del acero. A ellas le siguieron, una serie de estudios analíticos sobre tiempos de ejecución y remuneración del trabajo. Sus principales puntos, fueron determinar científicamente trabajo estándar, crear una revolución mental y un trabajador funcional a través de diversos conceptos que se intuyen a partir de un trabajo suyo publicado en 1903 llamado Shop Management.

Teoría

Para acercarnos a Taylor, claro está, antes de empezar a determinar cuáles son sus principios y cuáles son sus justificaciones, primero debemos detenernos a mirar cuál era para su época la manera de cómo se hacían las cosas. Se sabe que antes de las propuestas de Taylor los obreros eran responsables de planear y ejecutar sus labores. A ellos se les encomendaba la producción y se les daba la “libertad” de realizar sus tareas según la forma que más ellos creían era la correcta, el autor lo describe de esta manera: “encargados y jefes de taller saben mejor que nadie que sus propios conocimientos y destreza personal están muy por debajo de los conocimientos y destreza combinados de todos los hombres que están bajo su mando. Por consiguiente, incluso los managers con más experiencia dejan a cargo de sus obreros el problema de seleccionar la forma mejor y más económica de realizar el trabajo” (Taylor Pag.40). De ahí que sus principios “vistos en su perspectiva histórica, representaron un gran adelanto y un enfoque nuevo, una tremenda innovación frente al sistema”. Se debe reconocer aquí que Taylor representa el sueño de una época, como lo es Estados Unidos de los primeros años del siglo XX donde era imperativo alcanzar la mayor eficiencia posible, cuidando el medio ambiente, aunado a una explosión demográfica acelerada en las ciudades, una demanda creciente de productos y el pesar de la guerra.



Los cuatro principios presentados a continuación son los que darían el giro a la manera de cómo se hacía el trabajo en aquella época, es así como las personas que administran la producción deben adquirir nuevas responsabilidades como se verá a continuación. Según él, los manager:



-Elaboran una ciencia para la ejecución da cada una de las operaciones del trabajo, la cuál sustituye al viejo modelo empírico,



-Seleccionan científicamente a los trabajadores, les adiestran, les enseñan y les forman, mientras que en el pasado cada trabajador elegía su propio trabajo y aprendía por sí mismo como mejor podía. Colaboran cordialmente con los trabajadores para asegurarse de que el trabajo se realiza de acuerdo con los principios de la ciencia que se ha elaborado



-El trabajo y la responsabilidad se reparten casi por igual entre el manegement y los obreros. El management toma bajo su responsabilidad todo aquel trabajo para el que está más capacitado que los obreros, mientras que, en el pasado, casi todo el trabajo y la mayor parte de la responsabilidad se echaban sobre las espaldas de los trabajadore.


-El estudio del trabajo se hace consultando al trabajador, si no en asociación con él.
El tiempo escolar. (Antes Barómetro de valores)



Para informe del tema que acontece, decidí hechar un vistazo por la red, una herramienta imprescindible para estar informad@ de todo los acontecimiento de mayor actualidad.

Resulta que buscando encontré un articulo de Mariano Fernandez Enguita, en el cual la visión del autor es importantísima para la temática tratada en clase.



Mariano Fernández Enguita, catedrático de Sociología y profesor de la Universidad de Salamanca perteneciente al departamento de Sociología.

Destaca entre sus escritos libros como "La escuela a examen" o Educar en tiempos inciertos"



El artículo es el siguiente:




TIEMPO, ESCUELA Y SOCIEDAD
Mariano Fernández Enguita



El tiempo escolar se está convirtiendo en una de las principales fuentes de problemas y de conflictos en la escuela. Por un lado, está en el centro de las reivindicaciones abiertas y encubiertas más corporativas del profesorado; por otro, su organización presente y sus tendencias de cambio se manifiestan cada vez más como un obstáculo para cualquier práctica profesional innovadora. Todo el mundo habla del tiempo escolar con todo género de argumentos, aunque casi nadie se molesta en buscar los fundamentos de lo que dice más allá de la propia, limitada e interesada “experiencia”. Lamentablemente, los que menos pintan en esto son los alumnos, los principales afectados, y menos aún sus intereses. A lo largo de este artículo argumentaré que las lógicas temporales de la sociedad, de las organizaciones, de los profesores y, en parte, hasta las de las familias y los alumnos, operan en contra de lo que sería una organización razonable del tiempo de aprendizaje.



¿Cómo trabajan los hombres y mujeres libres?



¿Cómo trabaja usted cuanto le dejan hacerlo a su antojo? Es posible que, sencillamente, no trabaje, pero si, como es más probable, lo hace, ¿cómo lo hace? La manera de responder a esta pregunta, desde luego, no es ir a observar una fábrica, ni mirar el horario de apertura y cierre expuesto en la puerta de un bar. La manera es observar a quienes, efectivamente, trabajan a su aire, a su propio ritmo, de manera autónoma. Éste es el caso de los artistas, de una parte de los profesionales, de los artesanos, de los campesinos, de las amas de casa... En definitiva, de todo el que no trabaja sujeto a un ritmo impuesto por otra persona (un capataz con un cronómetro, por ejemplo) o por un mecanismo (una cadena de montaje, pongamos por caso). No es ningún descubrimiento decir que el proceso natural de trabajo es un proceso desigual, descontinuo, de ritmo variable, que alterna esfuerzo y descanso... Así trabajaban los pueblos cazadores-recolectores, los agricultores y ganaderos, los artesanos, y así lo hacen, en la medida en que no se lo impida algún otro condicionamiento, las personas que, hoy en día, conservan la capacidad de controlar su propio trabajo.
Por otra parte, éste es el “ritmo natural” que encuentran los estudios cronobiológicos y cronopsicológigos. El comportamiento del organismo y del cerebro durante el día no se divide en tres partes más o menos iguales para el sueño, el trabajo y el ocio, sino que, aparte del sueño nocturno, ambos requieren otros momentos de sueño y, sobre todo, cierta alternancia cíclica de trabajo y descanso. Así, por ejemplo, todo muestra que la peor hora del día para cualquier esfuerzo de atención es la última de la mañana (la sabiduría popular ya la había bautizado como la siesta del carnero), la misma que quienes demandan la llamada jornada continua quieren añadir al horario de mañana, y la segunda peor es la primera de la mañana, la misma que tanta experiencia profesional considera la mejor para las materias más duras, quizá porque el profesor encuentra a los niños callados y aparentemente atentos, cuando lo que están en realidad es todavía dormidos. Las mejores horas, por el contrario, son las de media mañana y media tarde, incluida parte de la jornada de tarde que algunos quieren suprimir.


El tiempo de las organizaciones


Sin embargo, cuando los hombres cooperan, el tiempo de unos condiciona al de otros, y el tiempo de todos puede ser distinto del de cualquiera de ellos. Una gran parte de la actividad social discurre hoy por medio de organizaciones formales. Las más importantes quizá sean las organizaciones productivas (privadas o públicas, de bienes o de servicios, grandes o pequeñas), en las que casi nueve de cada diez trabajadores empleados obtienen su sustento, pero ni son éstos los únicos afectados ni son aquéllas las únicas organizaciones. Lo primero, porque las empresas y agencias de servicios requieren cierta sincronización entre el tiempo del trabajador y el tiempo del público; lo segundo, porque además participamos en toda otra serie de organizaciones distintas de las empresas, tales como escuelas, iglesias, hospitales, partidos, sindicatos, clubes, agencias administrativas, o al menos interactuamos con ellas.
La necesidad de coordinar nuestro tiempo con los demás aumenta a medida que se desarrollan la división del trabajo (es decir, el reparto entre distintos trabajadores de las tareas necesarias para llegar al producto) y la mecanización. Esto último es particularmente importante, porque la maquinaria por sí misma requiere, para su mejor aprovechamiento económico, un funcionamiento continuo (para amortizarla antes), y a menudo también por razones técnicas (no se puede apagar un alto horno, por ejemplo). Huelga añadir que, con o sin cooperación, con o sin maquinaria, todo empleador aspira a obtener de sus empleados la mayor cantidad de trabajo en el menor tiempo. Para decirlo en breve, el trabajo continuo no es una tendencia de las personas, sino un dictado de la cooperación, de la maquinaria y, ante todo, de la explotación, pero conviene no olvidar que se trata de tres imperativos, y no sólo de uno —es decir, que la industrialización, que es cooperación y mecanización, lo requiere en todo caso, aunque en sus formas capitalista o totalitaria pueda exacerbarse la exigencia—.
En consecuencia, no cabe asombrarse, y acaso tampoco lamentarse demasiado, de que la escuela vaya tirando de los alumnos desde sus tendencias naturales a un trabajo discontinuo y espasmódico hacia la regularidad y la continuidad requeridas por la sociedad industrial. Una vez más, la escuela ha de hacer recorrer al alumno en unos años el camino que la humanidad ha recorrido en siglos, ha de reproducir la filogénesis en la ontogénesis. Una de las aportaciones más relevantes de la escuela a la modernización ha sido, para bien y para mal, socializar a los alumnos para su incorporación al trabajo industrial. Pero tirar del alumno quiere decir hacer de puente, constituirse en una figura intermedia, ofrecer un acercamiento gradual, y no pretender que los niños trabajen con la cadencia de los adultos y las escuelas con la de las fábricas u oficinas.
Lo paradójico hoy es que cuando una parte minoritaria pero importante del mundo del trabajo, desplazando su estructura de la organización a la red, permite y hasta reclama la flexibilización del tiempo (horarios flexibles, teletrabajo y trabajo domiciliario, trabajo por cuenta propia...), la escuela evolucione en el sentido de una mayor rigidez y concentración del suyo. Sobre todo la pública, pues la fuerte presión que existe en ella a favor de la reestructuración del tiempo según los deseos de los profesores no tiene parangón en la privada


El tiempo de las familias


La familia, por su parte, está sufriendo importantes cambios con implicaciones de calado para el tiempo escolar. Hay que empezar por disipar la idea de que alguna vez existiera esa familia que algunos parecen echar de menos: con una madre siempre a la espera en el hogar y dispuesta a apoyar el trabajo del profesor. Siempre hubo un porcentaje importante de mujeres trabajando lejos de casa (aunque no fuesen las que más años tenían a sus hijos en la escuela), las mujeres exclusivamente amas de casa también tenían que soportar una fuerte carga de trabajo y cuidar de un elevado número de hijos, sin demasiado tiempo para cada uno de ellos, y, en cualquier caso, difícilmente podrían estar en condiciones de apoyarles en su trabajo escolar. No hubo, por tanto, una época dorada en la relación familia-escuela, salvo que se entienda por tal un tiempo en que aquélla entendía poco lo que sucedía en ésta y mucho menos se atrevía a cuestionarlo.
Aun así, la familia está cambiando. Su tamaño es más pequeño, con tendencia a la nuclearización (inexistencia de otros adultos que los padres, desaparición de otros parientes adultos o sirvientes residentes), a la reducción del número de hijos (uno o dos en la familia típica) y, en menor medida, a la monoparentalidad (un solo progenitor, casi siempre la madre). Al mismo tiempo, representa una célula más aislada en vecindarios que sólo muy débilmente pueden considerarse comunidades, porque nadie se ocupa de nadie fuera de su propio cubículo. Por lo demás, aunque la tasa de actividad femenina sigue siendo muy baja en España, el trabajo remunerado ocupa a un número creciente de mujeres y es un objetivo deseable para otras muchas, y todas sostienen además crecientes expectativas sobre una vida propia, dedicada al trabajo, al estudio, a otras actividades sociales o a sí mismas, y no simplemente absorbida por la familia y el hogar.
Lo esencial no es que vayamos hacia otro tipo de familia, la cual tal vez —sólo tal vez— debiera encontrar complementariedad en otro tipo de escuela, sino algo bien distinto: primero, que vamos hacia una diversidad de tipos familiares; segundo, que esto conlleva una alta dosis de imprevisibilidad, que no podemos ni debemos creernos en condiciones de dictaminar de antemano y desde fuera qué es lo mejor para cada uno de esos tipos. Y esto tiene dos consecuencias: primera, que el sistema educativo debería presentar una oferta más variada en todo lo concerniente a la organización del tiempo escolar, y no solo entre escuelas sino también dentro de cada escuela (en la medida en que sus dimensiones lo hagan posible y la demanda lo haga necesario); segundo, que en todo lo que concierne a la organización básica de la jornada de los niños, la capacidad de decidir debe desplazarse, en la medida de lo posible, de la profesión al público y del colectivo al individuo. Esto resulta claro, aunque choque con toda una gama de intereses, en la cuestión de la jornada escolar, donde los profesores no debían tener ninguna capacidad de intervención (en el entendido de que su jornada laboral es la que es) y cada familia debería poder elegir según sus necesidades y posibilidades y su experiencia particular con sus hijos.


El tiempo del profesorado


Todo colectivo profesional aspira a una mejora de sus condiciones laborales, como no podía ser menos, y parte de esta aspiración es siempre la reducción del tiempo de trabajo. Hay que añadir, sin embargo, que mejora no significa inevitablemente un paso de lo injusto hacia lo justo, sino simplemente que las condiciones son más favorables para alguien, lo que normalmente se entiende en el sentido de obtener un mayor provecho con un menor esfuerzo, o al menos una de las dos cosas (una mejora podría consistir también en un contenido más atractivo del trabajo, pero lo cierto es que casi siempre se refiere a los términos del intercambio con el empleador, o sea, al precio del trabajo —el salario— o al precio del salario —la jornada—).
No todo colectivo laboral, sin embargo, cuenta con un público cautivo e infantil. Cautivo significa que no puede dejar de demandar lo que el sector ofrece: que no puede, por ejemplo, decidir abandonar las aulas en la edad de escolarización obligatoria y que tiene harto difícil elegir o cambiar de escuela (no necesariamente porque sea imposible, que a menudo lo es, sino porque puede entrañar elevados costes económicos, sociales y personales). Infantil supone que hay una asimetría fundamental entre el trabajador que realiza el servicio (el profesor) y su presunto beneficiario (el alumno), asimetría que no puede reequilibrar la participación fantasmal de los padres en el control de los centros. Un colectivo que se mueve dentro de estas coordenadas es por esencia un colectivo poderoso, no importa lo mucho que pueda quejarse de debilidad ante la opinión pública. Si a esto se une la posibilidad casi ilimitada de autoorganización, ya tenemos servido el resultado.
Desde la transición política, las reivindicaciones laborales del profesorado (no así las relacionadas con la innovación, minoritarias) han marcado la pauta en la organización del tiempo escolar. Aunque mucha gente (interesada) considere de mal gusto recordarlo, hay que hacerlo: reducción sistemática del calendario escolar (más de mes y medio en los últimos treinta años), implantación generalizada de la jornada matinal en la mayor parte de la secundaria y buena parte de la primaria, concentraciones escolares de dudoso valor educativo pero que ahorran tiempo de transporte al profesor... Lo que llama la atención es el éxito en la construcción de un discurso legitimador, sostenido en exclusiva por el profesorado, pero en el que todo se hace para que los alumnos disfruten más tiempo con sus familias, enriquezcan su formación con múltiples actividades extraescolares, concentren su esfuerzo en las mejores horas matinales y otras bobadas del mismo estilo.


El tiempo de los alumnos


Queda, en fin, el tiempo de los alumnos. Sabemos, desde luego, lo que quieren: jornadas y calendarios más cortos, pero, por definición, lo que quieren no coincide necesariamente con lo que les conviene, y por eso es que tienen que aprender y están escolarizados. Disipemos, pues, cualquier demagogia democrática del tipo de que deberían poder decidir por si mismos, intervenir en la decisión, etc.
Lo que también sabemos es que son distintos: tienen diferentes capacidades e inclinaciones, proceden de medios y familias dispares, han pasado y están pasando por experiencias diversas... Sin embargo, la escuela se empeña en que todos aprendan unas mismas cosas, o por lo menos un mismo mínimo de cosas, en un mismo tiempo. Esto es una imposibilidad lógica: si yo quiero obtener unos mismos resultados con distintos recursos, tendré inevitablemente que poner en marcha distintos procesos; y si, con distintos lotes de recursos, pongo en marcha los mismos procesos, no debería dudar que obtendré distintos resultados. El principal condicionante de los procesos escolares es el tiempo, y su principal recurso las capacidades y motivaciones de los alumnos, lo que significa que en un mismo tiempo distintos alumnos obtendrán distintos resultados, así como que un mismo resultado sólo podrá obtenerse en con distintos tiempos. Intervienen, por supuesto, otras variables (por ejemplo, la profesionalidad del docente, que hace que una hora de clase no sea igual a otra), pero no necesitamos ocuparnos aquí de ellas: simplemente, permaneciendo constantes las demás variables, el tiempo cuenta.
Ahora bien, hay otro matiz más importante. El tiempo escolar no es continuo y monotónico, como el del reloj. El tiempo que interesa es el tiempo en que sucede algo, aquel en que el alumno aprende y/o el profesor enseña. Este tiempo no sólo tiene una duración, sino también una intensidad y una homogeneidad. Una hora de trabajo es una hora de trabajo, pero puede requerir un esfuerzo más o menos intensivo y puede ser continuada o estar repartida en bloques más pequeños con descansos intermedios. Cuanto más largos sean el calendario y la jornada escolares, más distendido será el trabajo escolar, y viceversa Es por esto que su compresión, aunque no cambie la carga total de trabajo para el alumno ni la duración estandarizada del mismo (la cantidad de horas lectivas, por ejemplo), y precisamente para no hacerlo (aunque, en última instancia, normalmente lo hace, y a la baja) tiene que forzar su intensidad y su continuidad, con el efecto de poner una dificultad adicional a los que ya acumulan otras. Lo que interesa, en definitiva, es la actividad, de la que el tiempo es tan solo un condicionante.


Tiempo y tiempos


La discusión sobre cualquiera de los aspectos del tiempo escolar desemboca casi invariablemente en la afirmación de que no se trata de uno sino de varios y diversos tiempos relacionados con la educación: de clase, de interacción con el profesor, de permanencia en la escuela (con o sin el profesor), de trabajo escolar (dentro o fuera de la escuela), en torno a la escuela (incluidos el desplazamiento, las tareas para casa...), de aprendizaje (incluido el no reglado), etc. Ésta es una distinción esencial, o más bien un conjunto de ellas, que deben ser tenidas en cuenta al considerar cualquier aspecto relacionado con el tiempo. Así, por ejemplo, la necesidad de un mayor tiempo de custodia no debería traducirse en la demanda de una prolongación del tiempo de interacción profesor-alumno ni del tiempo curricular, o la limitación de estos últimos no debería impedir que cada institución escolar se hiciese cargo de la dirección y coordinación generales de todo el tiempo relacionado con ella (incluidas las actividades extraescolares, los servicios complementarios o el simple disfrute adicional de las instalaciones).
Pero lo más importante es que el tiempo de unos colectivos no debe confundirse con el de otros, ni el tiempo de unos individuos con el de otros, ni el tiempo medio o modal de un colectivo con el de los individuos agregados en él. Es un lugar común, pongamos por caso, afirmar que la jornada del profesor no debe confundirse con la jornada del alumno, pero rara vez se extraen de ello las consecuencias pertinentes. Se utiliza esta afirmación para argumentar, por ejemplo, que si se desea que los alumnos puedan estar en los centros por las tardes se deberá contratar a otros profesores, o a monitores de esto o aquello, pero no se extrae la conclusión más sencilla: que el profesorado debería dejar de proponer modificaciones en la jornada de los alumnos para limitarse a reivindicar lo que le parezca en torno a la suya (lo cual conduciría a reclamaciones bizarras, como la de modificar la jornada del profesor sin modificar la del alumno, y por tanto contratar nuevos profesores para dar satisfacción a los viejos, algo que resultaría menos presentable que el paraíso pedagógico para todos pretendidamente asociado a la jornada matinal, pero cada palo debe aguantar su vela).
Por otra parte. Los mismos calendarios u horarios pueden ser buenos para unos y malos para otros. Para un alumno que viva en un medio social y familiar estimulante, unas largas vacaciones representan la posibilidad de viajar, leer, hacer cursos de esto y aquello o, simplemente holgazanear sin consecuencias; pero para el que vive en un medio social y familiar desaventajado, para el que tienen en la escuela su principal o único asidero, numerosos estudios muestran que produce un deterioro de las mejoras acumuladas. Para un alumno que se desenvuelva con holgura en la jornada escolar de mañana y tarde y al que su familia pueda proporcionar acceso a otros recursos, su condensación en la mañana puede suponer una mejor organización del tiempo que le permitirá realizar más tranquila y libremente otras actividades por la tarde; en cambio, para el que ya se encuentre bajo presión con el horario tradicional o no viva en el medio adecuado, su concentración matinal significará un aumento de la tensión sin compensación alguna, y su tarde libre lo convertirá simplemente en pasto de la televisión y de la calle, o de unas mediocres actividades carentes de interés. La jornada partida que, combinada con el comedor de pago, permite a una madre desempeñar un trabajo a tiempo completo puede que también impida a otra, a la que le resulta más económico dar de comer a sus hijos en casa, desempeñar un trabajo a tiempo parcial, y la jornada continua que permite a un alumno a comer a la misma hora que sus hermanos convierte a otro en un niño con llave que ha de esperar las horas muertas hasta el regreso de sus padres. Mientras que un profesor anhela la concentración matinal de su trabajo real para poder atender otras actividades domésticas o extradomésticas por la tarde, otro puede preferir una actuación más pausada y repartida a lo largo del día para evitar el estrés o para descansar de una actividad con otra. Un buen centro, con un profesorado comprometido, puede servirse de la jornada continua para lanzar un ambicioso programa de actividades complementarias para los alumnos y actividades cooperativas para los profesores; en un mal centro, por el contrario, sólo servirá para despachar antes a casa a los alumnos y que puedan hacer lo propio los profesores.
¿Por qué, entonces, modificar el tiempo del profesorado a través de engañosas reformas del tiempo del alumnado, o por qué dictar la congelación o la transformación del tiempo de todos en lugar de permitir fórmulas más ajustadas a las características, necesidades y oportunidades de cada uno? ¿Acaso no estamos en la fase del reconocimiento de la diversidad? ¿O es que sólo se trata de una inagotable retórica tras la cual no hay otra cosa que intereses corporativos?



Además de dicho artículo, realicé un resumen del tema ocho del manual requerido para la asignatura. En este tema aparece una amplia visón sobre toda la temática del tiempo escolar.



CAPITULO 8. La organización del tiempo en los centros escolares.

EL TIEMPO ESCOLAR: POLÍTICA EDUCATIVA.

Los horarios escolares son elaborados por el Jefe de Estudios que confecciona una propuesta de acuerdo con los criterios pedagógicos que establezca el Claustro de profesores. Los horarios son el instrumento a través de cual se distribuye la jornada escolar.

La ley establece que se el Director del Centro quién aprobara los horarios generales del Centro, los individuales del profesorado y del personal de Administración y servicios y el del alumnado.

En un centro educativo se elabora un horario general que estable las condiciones en que el centro permanecerá abierto a disposición de la comunidad educativa y la distribución de la jornada escolar.

En lo que se refiere al horario del profesorado se señalan 30 horas con el alumnado y 37 con una serie de actividades como la programación de actividades, asistencia a reuniones de Claustro...

El horario del alumnado señala que la jornada escolar es de 35 horas semanales ara el Desarrollo del Currículo y 2 y media para el recreo. El número de horas asignado a cada área se realizará por razones pedagógicas.

El tiempo escolar está supeditado a las leyes de mercado, que regulan los costes, la financiación, la productividad y la rentabilidad de la educación. La socioeconomía de la educación contempla uno de los aspectos del tiempo educativo.
Si el producto, el aprendizaje, no se consigue, el tiempo escolar se convierte en un recurso desaprovechado y parcialmente estéril.
Los socioconomistas hablan del costo aula-año, del costo alumno-año, etc..., conceptos dependientes de la variable “tiempo”.

EL TIEMPO ENTENDIDO COMO VARIABLE O RECURSO MATERIAL.

En las organizaciones educativas ha sido considerado como una variable o recurso material.

En los manuales de Organización Escolar clásicos es tratado el tiempo como espacio como variables.

El tipo de estructura utilizada, la forma de organizar la jornada y el calendario, el ritmo y progresión de las materias reflejan un modelo pedagógico determinado que no dejan de ser la aplicación a la investigación de un forma determinada concepción de la enseñanza y del centro educativo.

El tiempo escolar se ha identificado con los modos de organización que se utilizan en la educación formal.

Las concepciones temporales de la escolaridad dan origen de acuerdo a su amplitud a niveles/etapas, ciclos y cursos que mantienen una relación progresiva de subordinación. Esta organización de los espacios temporales origina productos como el calendario y el horario escolar.

La realización del calendario se ha basado en las celebraciones religiosas tradicionales, olvidando la posible incidencia de factores biológicos y pedagógicos aún no lo bastante conocidos.
Si bien la consideración de los factores mencionados es importante, lo cierto es que en la práctica su determinación queda influenciada por el respeto a las condiciones fisiológicas y psicopedagógicas.
La determinación del calendario corresponde a organismos municipales, que los determinan de acuerdo el agrado de autonomía reconocido a los centro educativos.

El calendario escolar mantiene rigideces que tienen poco que ver con la diversidad horaria de nuestra moderna sociedad. Se puede defender que se pongan unos mínimos de horas anuales pero es difícil comprender un calendario general de aplicación a todos los centros.


Con respecto al tiempo del alumnado, el profesorado, cree que el tiempo destinado al aprendizaje de las diferentes áreas es insuficiente para los diversos y numerosos contenidos que se proponen. Aunque a veces el alumnado realiza jornadas complementarias fuera del horario escolar.

En lo referido a la enseñanza reglada los horarios de los alumnos quedan partidos de forma ilógica en la mitad de los procesos y se continua con la tradición de las asignaturas separadas entre sí.

No existe un horario ideal, éste debe adecuarse a las necesidades pedagógicas existentes por lo que debería superarse aspectos que afenctan a los horarios como pueden ser la inflexibilidad, el antivitalismo y la falta de libetad. Por elo, deberías tener presentes los siguientes principios básicos:

- Principio de globalización ; el tratamiento del tiempo debe partir del concepto de globalización para satisfacer las necesidades de los alumnos con el uso óptimo del tiempo del profesorado.
- Principio de priorización; La priorización es un proceso imprescindible para usar el tiempo en nuestro servicio.
- Principio de distribución de tareas; necesaria una coherente distribución de las tareas a partir del análisis del tiempo.
- Principio de racionalidad y coherencia
- Principio de previsi´n y control temporal
- La duración de la jornada debería ser variable en función de la edad.

La organización y el tiempo no suelen ser problemáticos excepto cuando nosr referimos a la jornada escolar.


LA JORNADA ESCOLAR.

La función social de la escuela no sólo ha de atender a las necesidades cuantitativas en cuanto acceso a la educación sino a diferencias cualitativas. No se trata solo de acceso al conocimiento sino de la utilidad de ese conocimiento.

El principal condicionante de los procesos escolares es el tiempo y su principal recurso las capacidades y motivaciones de los alumnos, lo que significa que en un mismo tiempo distinto alumnos obtendrán distintos resultados, así como que en un mismo resultado sólo podrá obtenerse con distintos tiempos.

EL IMPACTO DEL TIEMPO EN EL APRENDIZAJE.

El tiempo como regulador no es un concepto nueve en educación. La organización debe proporcionar el contexto adecuado para que esos objetivos educativos se puedan desarrollar. No tendría ningún sentido que sucediera todo lo contrario. Que hubiese que adaptar rígidamente un escenario don tenemos que desarrollar nuestra actuación sin poder desarrollar nuestras ideas, eso no tendría sentido.

Sin embargo, a lo largo del tiempo las organizaciones educativas han trabajado con conceptos como el tiempo en el trabajo, el dominio del aprendizaje y la oportunidad para aprender que son esfuerzos evidentes para controlar el impacto del tiempo en el aprendizaje.

Aunque sin perder de vista la noción del tiempo como un recurso limitado, todos los esfuerzos van dirigidos a aumentar el conocimiento de cómo sacarle el mayor provecho posible. Las sugerencias incluyen: tiempo centrado en el aprendizaje, jornadas escolares más largas, escuela abierta todo el año...

Esta dimensión es conocida como tiempo técnico-racional, pero como ni disponer de más tiempo ni la organización del mismo son garantía de cambio educativo, se hacen necesarias otras nociones de tiempo.

Las organizaciones deben trabajar con el tiempo, más que a tiempo. Solo haciendo que los estudiantes relacionen su historia personal y familiar con un proyecto actual de historia, ciencias o literatura y exploren posibilidades futuras pueden desarrollar conexiones significativas. El tiempo ofrece la posibilidad para que el currículo adquiera significado para el alumnado y se presente en un ambiente de cambio dinámico.

EL TIEMPO COMO UNA VARIABLE QUE SE VIVE.

Algunos aspectos del tiempo domina la vida del profesorado, pero raras veces se reconocen y se tienen en cuentan en las escuelas.

Existen una gran variedad de metáforas que nos pueden ayudar a comprender mejor cómo experimentan el tiempo las personas.

El tiempo se experimenta de forma subjetiva. Nuestras experiencias internas del tiempo son diferentes de nuestrsa nociones del tiempo.

El tiempo subjetivo y vivido surgen cuando los conceptos culturales que menciona Hall se integran en una discusión del tiempo experimentando subjetivamente.

La intensificación es otra dimension del tiempo que el profesorado experimenta conocen bien. Cada vez hay menos tiempo para hacer más cosas.

Los educadores se ven afectados por muchos tipos de tiempo, incluyendo el de los horarios, el tiempo para planificar, las horas de clase...

En las organizaciones educativas a diferencia de otros lugares de trabajo, son la responsabilidad del profesorado ante los estudiantes, la forma de los horarios, la estructura de las escuelas...las que convierten el tienen en un valor o lo relegan a un concepto regulador.

EL DEBATE SOBRE LA JORNADA ESCOLAR.

La jornada escolar hace referencia al modo como se distribuye el tiempo lectivo horario a lo largo del día y de la semana.

En la Comunidad Autónoma de Andalucía la normativa existente ha introducido la posibilidad de optar a uno de tres modelos para la distribución de las sesiones de trabajo de la jornada escolar.

Los principales elementos para tomar parte en el debate vienen de algunas investigaciones realizadas hasta el momento sobre el tema.
Algunos datos de interés de estas investigaciones son :

- Solamente existe la jornada continua en Alemania, Dinamarca e Italia
- El número de horas semanales dedicadas al desarrollo del currículum oscilia entre las 20 de Inglaterra y las 30 de Alemania y Dinamarca.
- Francia y España son los países con mayor número de días de vacaciones.

Debemos debatir de forma serena y amplia sobre la cuestío de la jornada continua teniendo en consideración:
- Ni el espacio ni el tiempo son entes inalterables ni absolutos.
- La institución escolar se tiene que enfrentar a la implantación y desarrollo del currículum de forma flexible.
- Facilitar el trabajo en equipo del profesorado y alumnado en unidades espaciales dinámicas.
- Dar cabida a iniciativas sociales diversas.

A modo de conclusión lo que se debe tener en cuenta son las características diferenciadas del alumnado, profesorado, centro y como encajarlos con los intereses de los padres.